Dentro de tres días vamos a leer el texto de la última cena y una palabra me viene a la cabeza: intimidad. El Señor abre su corazón a los discípulos, que se enteran más bien de poco, es decir no se enteraron de nada, más que el discípulo amado que era quien le comprendió desde siempre y al que había instruido en los secretos del Reino pero a los otros les va revelando el misterio del amor de Dios, que poco después sería despreciado por los hombres colgado en una cruz. Abrir el corazón necesita de intimidad. No son ciertas esas “confesiones” ante una cámara, a millones de espectadores, de los programas de color de rosa. Ni tampoco muchas de las confesiones que hacen algunas personas con elfin de que se le perdonen los pecados, pero siguen igual, que significa que no tienen propósito de enmienda y por lo tanto tienen doble falta o pecado.Abrir el corazón se hace con los amigos, con los que queremos, con aquellos a los que damos permiso para pasearse por nuestro interior, a descubrir nuestras preocupaciones más profundas, nuestros anhelos y nuestras esperanzas. El corazón no es un centro comercial, ni es el Corte "maravilloso" donde se deje entrar a cualquiera a toquetear todos los productos y a regatear con los sentimientos.
“Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar. Los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía.” En el campo de batalla lo normal es encontrarse con el enemigo, con el espía, con el traidor, que hay muchos y perversos, pero no esperamos que comparta nuestro pan, nuestra conversación y nuestras preocupaciones, que sea uno al que llamamos amigo, y ademas que se diga cristiano de nombre y que reza todos los dias ¡nada más falso que eso!. Sin embargo es desde ese círculo de amistad con el Señor desde donde se fragua la traición, por eso es más doloroso, por eso es indignante, por eso es considerado como la serpiente. Si la guardia del templo hubiera entrado derribando las puertas, deteniendo a los apóstoles y encadenando a Jesús hubiéramos pensado que se veía venir, que eso eran las cosas de los jerarcas que son así de perversos. Pero es desde dentro, el que había asistido a los milagros, el que había escuchado las confidencias y las enseñanzas de su maestro, el que había sido llamado por su nombre para formar el grupo de los apóstoles el que traiciona al que todo lo había hecho bien. Es que odia al bueno porque es bueno, porque él se cree mejor que el bueno, pero está emponzoñado su corazón y podrido.
Así es nuestra vida. No nos extraña que el mundo nos odie, muchos no aceptan el que el hombre sea amado por Dios con tanta pasión, que cada persona sea un tesoro preciado para nuestro creador. Pero muchas veces se repiten las traiciones desde dentro de la Iglesia, desde la jerarquía desenado acallar las voces desidentes que pregonan la verdad y les afean la conducta como lo hizo Jesús.....desde los que participamos en esa cena del Señor, de los que hemos sido llamados por nuestro nombre el día de nuestro bautismo e incluso a hacer las veces del mismo Cristo a imitarlo en todo.Hay tantas deserciones, tanta desafección por el Evangelio (aunque se use como arma arrojadiza), tanta confusión y tanta soberbia, que también nos miramos unos a otros perplejos. Y los enemigos de la Iglesia se ríen de nuestra perplejidad, disfrutan de romper el Cuerpo de Cristo y brindan por los logros conseguidos desmembrando lo que debía ser un solo cuerpo, pero la soberbia impera sobre los altos cargos porque temen perderlo o que los demás les cuestionen su forma poco cristiana de vivir.
En la Pasión no hay intimidad. Se hace escarnio público de las heridas y la desnudez de Cristo, se convierte en espectáculo. Allí han huido casi todos los amigos, sólo la Virgen, San Juan y algunas mujeres se mantienen cerca, los que rodean al Señor son los enemigos o los indiferentes, que a veces son más crueles que los enemigos.Cuando queremos mejorar la labor del Espíritu Santo, (eso ee lo que hacen los "muy religiosos")cuando mostramos nuestras heridas para que no se miren las heridas de Cristo, se acabó la intimidad, hemos salido del cenáculo para hacer nuestro propio evangelio, hemos empezado a anunciar una amarga noticia, el evangelio del desprecio y la iniquidad. Cuando la malidicencia se instala en el hombre religioso es el que está con la cabeza vuelta (como lo pintan en los cuadros), el que hace daño al otro, el que mira con lupa lo que escribe, ese es el Judas Izcariote, el que mata con su sola presencia.
Vamos a pedirle al Señor que a pesar de nuestra debilidad y de nuestra bravuconadas, a pesar de los pesares, jamás abandonemos el cenáculo, que nunca olvidemos quién es quien de verdad nos quiere. Y cuando haya que volver a asistir a la tortura de Cristo lo hagamos junto a nuestra madre la Virgen, con todo el dolor de nuestro corazón y con la firme esperanza de que “ahora es glorificado el Hijo del Hombre y Dios es glorificado en Él.”
Saludos cordiales
Vàticinus++

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados