EL DISCIPULO AMADO (8)

Lo que hemos escrito y que aparece en los Evangelios y en Los Hechos de los Apóstoles son imperativos difíciles de tapar para un buen erudito, así que nadie se rompa las vestiduras, ni diga que es una herejía porque tenemos que tener en cuenta que los Evangelios hay que saber interpretarlos, pues los escritores santos y las diversas traducciones de textos han hecho que existan agujeros difíciles de interpretar y otros difíciles de tapar, pues quien quiere guardar un secreto, andando el tiempo lo vocea sin darse cuenta.
Ponemos por caso: los “expurgadores” de libros en el tiempo de la Santa Inquisición, tachaban con cruces las palabras en las Biblias traducidas al castellano, que nos les parecían ortodoxas (graso error porque no se puede tapar el sol con un dedo), pero los que nos enfrentamos a esos libros “expurgados” vemos que aquellos hombres, mas bien infantiles y “torquemadas”, no pensaron nunca en el mundo futuro, no podían prever que hoy en día la luz eléctrica puede desvelar el mayor de los secretos borrados intencionadamente, porque si tomamos una página “expurgada” y la colocamos al trasluz podemos leer perfectamente lo que quisieron tapar con tachaduras, tampoco supieron que las máquinas de Rayos X, podían sacar a la luz, hasta en los cuadros las otras pinturas que estuvieron plasmadas anteriormente y por lo tanto en los libros comentados.
Pero volvamos a nuestros comentarios.
Los textos inspirados dan por supuesto que todo sucede en la misma casa, una casa santificada por las apariciones del Señor, donde reciben al Espíritu Santo, siendo este sin duda el primer templo cristiano.
San Lucas recalca una y otra vez que se trata del mismo lugar y que ese lugar era habitado por todos: “la casa en que residian” (Hch 2,2)..”los reunidos se preguntaba” (Hc 1,6); “todos perseveran unánimes” (Hch 1,14) ; “estando todos juntos en aquel lugar” (Hch 2,1)…Y para culminar esta serie de afirmaciones, la de Hch 4,32: “La muchedumbre que los había creído tenía un corazón y un alma sola”.
Cuando Pedro es apresado por Herodes y un ángel lo libera, cuando ya está en la calle, cae en la cuenta de que realmente ha sido protagonista de un gran prodigio ¿Qué hace?...reflexiona y se va a casa de María, la madre de Juan-Marcos (Hch 12,11-17). Esa casa, no caben dudas, era el centro de la comunidad cristiana en Jerusalén. Si Pedro se marcha allí, después de contar lo ocurrido, es porque era la morada habitual (al sierva Rode, le reconoce por la voz); el prime rlugar a donde lógicamente habían de ir a buscarle los soldados de Herodes.
Afirmamos que esta casa es siempre la misma, no estamos descubriendo nada que no se haya dicho antes en los Evangelios, pero que está muy bien camuflado para el neófito de esas lecturas o una lectura rápida. Por ello se impone definitivamente: Una casa, siempre la misma, es la casa del discípulo amado, y es la casa de María, la Madre de Juan-Marcos ¿Y quién es María a secas para Jesús?...pues María Magdalena (Jn 20,16). Y si la casa es del discípulo amado y de Juan-Marcos, personajes a los que unen también otros rasgos. La identidad de la casa en Jerusalén pensamos que nos lleva de la mano a la identificación de María Magdalena y del discípulo amado; en una palabra, a la identificación del hombre histórico Jesús de Nazaret.
Por lo dicho hasta aquí se reforzaría si se pudiese deducir también que esta casa es el lugar donde se instituyó la Eucaristía, la casa del Cenáculo.
¿En que nos hemos basado para escribir todo este estudio?
Para muchos exegetas refutados y proclives a la Iglesia, inclusive como Riccioti, es su opinión según la cual la última cena tuvo lugar en casa de Marcos no es nueva y tiene en su favor una tradición respetable. Hacia el 530, el arcediano Teodosio, describiendo su visita a Jerusalén, cuando habla de la Iglesia de la Sancta Sión, considerada universalmente como el lugar de la última cena, afirma categóricamente: Ipsa fuit domus sancti Marci evangelitae (De situ Terrae Sanctae, p. 141). Y esta afirmación la fundamentó en una tradición antigua. De hecho en el mismo siglo VI, el monje chipriota Alejandro comunica que una tradición ya antigua en sus tiempos afirmaba que la casa en que se celebró la última cena fue precisamente la de María, madre de Marcos, donde el Maestro solía albergarse cuando llegaba a Jerusalén y que se tenía por su propia casa, añadiendo que el hombre del cántaro era precisamente Marcos (Laudatio S. Bernabé apost., 1,13; Acta Sanctorum, Junii, edición 1867, pag. 434, com. , Perol. Grae., 87, 4.091-4.092).
Hasta aquí hemos llegado con nuestra investigación. Los últimos textos consultados han sido sacados de ejemplares de fascimiles de bibliotecas en España procedentes de Roma y pueden estar al alcance de cualquier persona interesada, no hay nada oculto en esta viña del Señor y hemos llegado a comprender algo más al Jesús histórico y no al Jesús dogmático presentado por la Iglesia.
Saludos cordiales
Vàticinus