El caso Milingo se encuentra relacionado con la vida de la Iglesia en los últimos treinta o cuarenta años. Somos muchos los que sentimos un gran desconcierto ante sus últimos gestos, pero en el fondo de ellos seguimos descubriendo un reto, una tarea no resuelta: ¿Cómo ser iglesia en África? ¿Cómo realizar la tarea de sanación? ¿Cómo plantear el tema de la vida afectiva de los clérigos? En todos estos temas, y otros, Milingo puede aparecer ante nosotros luminosa y oscura parábola de la iglesia actual.
Un guía de Roma

Llegué a Roma un 24 de septiembre de 1984, después de haber trabajado durenta once años como profesor de la Universidad Pontificia de Salamanca. Me impidieron dar clase porque las ideas de mi libro “Los Orígenes de Jesús” no parecían del todo concordes con la doctrina oficial del Magisterio. Pensamos que Roma era un lugar muy apropiado para el estudio y el encuentro con la doctrina de la iglesia. Allí descubrí (allí me descubrieron) al papa polaco y al obispo romano

Conocía bien Roma, porque había estudiado allí Sagrada Escritura durante casi cuatro años. Pero desconocía las entrañas y el funcionamiento de la Curia Vaticana, porque me habían importado más otras cuestiones. Debía entrevistarme con algunos “monseñores” y así, para tener idea de la forma en que debía hacerlo, fui a conversar con un viejo compañero de clase, buen amigo, que se había hecho “pequeño funcionario” (un "monseñor de tercera división", decía) en la Curia Vaticano.

Su primer consejo fue de tipo escéptico y muy práctico: “No intentes convencer de nada a nadie. A nadie le interesa lo que piensas, sino que esto funcione. Di lo que quieren que digas y punto. No entres en cuestiones. Luego, por tu parte, piensa lo que quieras”.

Le respondí que “las cosas eran serias, que no era eso lo que habíamos aprendido en la Biblia”. No me dejó terminar, se rió ante mis narices. “No seas ingenuo, Xabier; aquí nadie cree en nada o, al menos, no importa en lo que crea. Esto es una organización, un engranaje y debe seguir funcionando. Olvida el evangelio, olvida tus brillantes ideas teológicas? ¿Necesitan que te den un papel de “nihil obstat”? Pues haz lo que te digan para conseguirlo. Yo podré ayudrte un poco".

Dos creyentes en el Vaticano

Seguimos hablando apoyados en una ventada desde la que se divisaba perfectamente la Plaza de San Pedro. Nos embargó la magia del lugar, a la caída de la tarde. Sentí que aquel era (y sigue siendo) un buen hombre, un castellano recio, pequeño funcionario que después de algunos años, cuando estaba para ascender en el organigrama, dejó su sillón del Vaticano y se dejó hacer párroco en un pueblo del Levante. Después de un rato me confesó que no era cierto aquello de que todos fueran ncrédulos en Roma: “Algunos creen. Y hay dos que creen en especial,añadió: el papa polaco y el obispo “negro”.

El papa era, evidentemente, Juan Pablo II, a quien mi amigo llamaba “el polaco enjaulado”. “Ese hombre sabe lo que quiere y quiere mucho, me decía Le gustaría deshacerse de esto (y me señalaba los edificios de la fortaleza vaticana), pero no puede. Este papa cree en Dios, pero cree como un campesino anticomunista polaco y quiere hacer que todos creamos como él, en su verdad. Dirá cosas muy importantes, viajará por muchos los países, puede que destruya el comunismo... (estábamos a finales del 1984); hará que muchos aprendan a creer de nuevo, pero 'esto' (“esto” era la curia vaticana) no lo mueve nadie”.

El “obispo negro” era Milingo. “Ese viene de la selva ¿sabes? Pero en su selva los africanos creen en Dios, aunque lo hacen de otra forma. La religión es para ellos una especie de hechicería, pero consuela a la gente, cura a los enfermos, anima a los tristes... y lo que la gente necesita en que le curen y consuelen. Nosotros, los hombres cultos de la vieja Europa y especialmente de Roma, ya no creemos en nada. Necesitamos que vengan de África y nos evangelicen y nos curen. ¿Sabes? Aquí todos estamos enfermos de autosuficiencia y de deseo de seguridad”.

Dos fuentes, dos maestros

Mi viejo amigo siguió hablando y soñando. En un momento dado me hizo mirar hacia las dos fuentes de la Plaza de San Pedro, a los lados del obelisco. “Mira las fuentes”, me dijo. “Yo pondría allí dos pequeñas sillas o, mejor, dos cobertizos. En uno colocaría a Juan Pablo II, en otro a Milingo. Y les dejaría moverse a sus anchas, para enseñar y encauzar a la gente que viniera, como dos papas hermanos: el polaco de la voz fuerte hablaría a los hombres y mujeres de la voluntad de Dios, de la fidelidad a sus leyes, de la obediencia a la Iglesia; el africano les hablaría de la curación de Dios, sanaría a los enfermos, expulsaría a los demonios, dejaría que todos vivieran conforme al propio don de Dios… Pues bien, yo dejaría a la gente que escogiera a un papa o al otro, es decir, al papa y al exorcista. Serían como Pedro y Pablo”.

Aquella conversación me quedó grabada y todavía hoy la recuerdo con nostalgia y cariño. Fue una visión imaginativa momentánea, pues el papa siguió en el Vaticano y desde allí influyó en la caída del comunismo y en otras muchas cosas, hasta el momento de su muerte, después de haberse reconciliado, al menos por un tiempo, con Milingo. A pesar de esa reconciliación, Milingo tuvo que quedarse siempre fuera de lo que él había querido, una iglesia carismática, africana, abierta a un tipo de sanación y experiencia carismática distinta. No pudo tener un lugar junto a una de las fuentes de la plaza de San Pedro y así ha seguido caminando como sanador marginado, en una historia triste, hasta que ha sido excomulgado por razones en las que ahora no entro (aunque, como dije ayer, no me siento del todo feliz con lo que haceho).

Me lo había dicho mi amigo castellano de la Curia Vaticana. “Esto de los dos tenderetes,uno al lado de cada fuente, es una visión imposible ¿sabes? El Papa seguirá atado a su curia, allí arriba, manejado por gente que no sabemos si cree, pero que actúa como si no creyera. Y Milingo seguirá buscando por ahí alguien que le escuche, pues aquí no le quieren, ni le dejan un sitio. Lo mejor para él sería que se muriera pronto, pues aquí le van a hacer la vida imposible y tengo miedo por su salud. Lo más normal es que un hombre como él se vuelva loco”. No le pregunté cómo conocía a Milingo, pero es evidente que le conocía: los dos trabajaban en la misma Curia Vaticana. No le pregunté por qué quería que Milingo muriera (quizá por ahorrarle sufrimientos).

Un epílogo. El sanador y la artista romana

Con lo anterior podía terminar mi historia, pero quiero recordar otra anécdota, en la línea de lo que ayer dije sobre mi encuentro con Milingo, unos meses después de la conversación con el castellano de la Curia, en la primavera de 1985. Yo apenas tuve contacto con la Curia Vaticana, de manera que seguía yendo cada día a la biblioteca del Instituto Bíblico, mientras Milingo empezó a venir por nuestra iglesia. Pues bien, una tarde me llamó una señora a la que yo había visto algunas veces en la vecindad. Era artista de cine “de segunda categoría”, casi retirada, vivía en el Parioli y de vez en cuando venía por la iglesia, para conversar sobre temas de cultura antigua. Se excusó por molestarme otra vez y me pidió que le presentara a Milingo. Así lo hice, ante dos o tres personas.

Ella, la artista romana, expresión de una cultura superior que, al parecer no creía en nada, se adelantó y le dijo al “obispo sanador”.

– Señor obispo, yo no creo en ninguna de las cosas que Usted dice, no creo en las cosas que Usted hace, pues todo eso pertenece al pasado... pero quiero que me dé la bendición.

Sentí vergüenza por haberla presentado a Milingo. Daba la impresión de que la artista quería distanciarse del obispo "hechicero", marcar las distancias y decirle “yo no soy como Usted”. Y, sin embargo, le pedía la bendición. Era como si la Europa posmoderna suplicara la ayuda del África premoderna a la que despreciaba. Yo pensaba en esto, pero Milingo ni se inmutó. Le dijo simplemente:

–En algo creerá Usted, Señora. Yo le pido a mi Dios que eso en lo que Usted cree le ayude y sea para Usted una fuente de bendición, de manera que pueda vivir en paz, reconciliada consigo misma. Que sea Usted fiel a su verdad, Señora y que esa verdad le haga feliz.

Tras un momento de silencio, ella reaccionó y, como movida por un resorte, se puso de rodillas y le dijo, quizá sin pensarlo, algo que debía llevar en el fondo de su corazón:

“Pero, Padre, no me deje así, déme su bendición, por favor”.

Sólo entonces Milingo la bendijo, poniendo las manos sobre su cabeza y diciendo “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…”. Era como si Espíritu de África, cargado de cristianismo, viniera sobre Roma. Aquella imagen de Milingo bendiciendo a la incrédula romana es para mí mucha más fuerte que las cosas posteriores que ha podido hacer y que está haciendo. Es muy posible que el último capítulo de esta historia no haya terminado