Domingo de Ramos. Pórtico. Semana Santa. Memoria. Actualización. Muerte. Vida. Dios. Jesucristo. Pascua. Las etiquetas del día, para quien haga hoy una inmersión en internet, aunque les aconsejo mejor navegar por los entresijos de su Biblia. Más tags de la jornada: Getsemaní, prensa, aceite, almazara, muerte, cruz, trueque. De nuevo, Dios. Aquí, entretelas del alma.
Getsemaní significa en arameo “prensa de aceite”. El Cristo cósmico se hace cosmético para embellecer alma y mundo con el óleo de su caridad; Él entra en acción la noche de su queja, plegaria y aceptación, en el huerto de los olivos, donde pidió a su Abba vida, y Dios Padre le condujo a la Vida tras beberse con el Hijo los posos de la muerte. El cáliz santo de su sangre santa.
Getsemaní: allí la aceituna reparó en el dolor de la moltura, allí suplicó, “Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí este cáliz; pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú” (Mc 14, 36). Y Padre quiso Vida, después de la travesía por aquella puerta, su muerte. ¿Suplicó la aceituna no ser prensada, no vaciar su brillo, jugo y oro, perfume pacificador? El fin de la oliva es regalar a todos los seres su aceite; el fin del Hijo de Dios es dejarnos en herencia su amor infinito, inagotable, místico. Por eso, en el huerto de Prensa de aceite, Jesús acepto, es más, suplicó al Señor que se cumpliese su voluntad, la santa molienda. “Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú”.
Y en la almazara de la Cruz se molturó sobre la tierra encadenada el corazón de Dios. Y fue la libertad.
Y Cristo se hizo sangre, el Verbo se hizo aceite (luego sería de júbilo), y ungió con su orden, su armonía y su belleza un mundo que, como el del principio, está desordenado, confuso, caótico.
En la Santa Cruz fue la nueva creación. Sea. Hágase. El mundo se hizo verbo, radiante claridad tras las vidrieras de la Pasión del Cordero Inmaculado que a las ovejas salva. Padre fijó su nueva creación la mañana florida de la Resurrección. Y allí todos fuimos hechos uno en el que es Uno.
No me mueve, mi Dios, para quererte
El cielo que me tienes prometido
Ni me mueve el infierno tan temido
Para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
Clavado en una cruz y escarnecido,
Muéveme el ver tu cuerpo tan herido,
Muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera
Que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
Y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
Pues aunque lo que espero no esperara,
Lo mismo que te quiero te quisiera.
Domingo de Ramos, pues, una vez más. Y la primera vez. “¡Crucifícale!”. Cada grito de cada inicua e ignorante garganta cumplía, sin saber, los planes de la divina misericordia. Clamaban “¡Crucifícale!”, estaban diciendo: ¡muele la aceituna! ¡moltura para que nos bañe, y nos cure y nos perfume el aceite del Justo! A Pilatos gritaban: ¡Sálvanos!
Aceite y aceituna, júbilo y sufrimiento. Cristo sacerdote, víctima, altar. Bello Dios sufriente de Getsemaní, que nos acarrea el triunfo. La suya, sangre de la Alianza Nueva y eterna.
“Al decir “alianza nueva”, dejó anticuada la anterior; y lo que está anticuado y se hace viejo está a punto de desaparecer” (Heb 8, 13).
Moltúrenos Dios consigo, muela nuestro pecado para que brote aceite de justicia, caridad y verde dorada paz.
“De modo que si alguno está en Cristo, es una criatura nueva; las cosas viejas pasaron; he aquí que todas son hechas nuevas” (2Cor 5, 17).
Santo y feliz Domingo de Ramos, tengan todos santa y feliz Semana Santa, contemplando al Señor de la Cruz y de la Pascua.
“Se extenderán sus ramas,
y será su gloria como la del olivo,
y perfumará como el Líbano”
(Os 14, 6).
Saludos cordiales
Vàticinus

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