Ver a Jesús. He aquí la razón por la que, intentamos buscarlo. Nuestros hermanos, los hombres de nuestro tiempo, continúan sintiéndose siquiera lejanamente tocados por el mensaje y la persona de Jesús, por su perfume tenue y poderoso de humanidad plena y nueva, por su regusto sospechado de Dios, por su rebeldía y su espléndida autenticidad. Por este motivo nuestros hermanos, que no creen en las iglesias, que no acuden a ellas sino para recibir limosna o para quemarlas, sí esperan de ellas –a veces contra toda esperanza- que les den alguna indicación hacia Cristo. Como los griegos del evangelio de San Juan, que acudieron a Jerusalén para Pascua.
El deseo-necesidad que la mayoría de versiones bíblicas traducen en presente de indicativo, la preciosa y españolísima traducción de Reina-Valera lo conjuga en imperfecto de subjuntivo, añadiéndole ese cierto matiz condicional o de educado ruego: “quisiéramos ver a Jesús”. Todo un signo: sin imperativos ni exigencias, suave y cortésmente pero con insistencia, la familia humana acude a los discípulos de Jesucristo, a que estos le permitan ver a su Maestro. El resto no les corresponde a unos ni a otros, sino sólo a Cristo. Él luego explica a quienes se le acercan su misterio, los secretos del Reino. Pero ha querido que haya unos hombres para indicar a otros hombres dónde está el Amigo. La Iglesia es presentada así, en esta perícopa evangélica (Jn 12, 20-33), como quien muestra el camino hacia su Señor, o al menos como quien no lo dificulta, que esa es otra. El cuanto al Señor mismo, nada ni nadie puede mostrarlo, sino únicamente Él mismo: no hay intermediaciones, aunque sí medios significativos, gestos simbólicos, personas como ángeles que mansamente parecen señalar con el dedo el lugar donde habita el Hijo de Dios.
Como aquellos griegos, muchas personas hoy respetuosamente esperan que la Iglesia (las iglesias) les deje ver a Jesús, que la Iglesia (las iglesias) no les estorbe la visión de Jesús. Es la gran tarea del Pueblo de Dios, mediante el anuncio de la Palabra y la vivencia del amor, que ha recibido de Dios.
¿Está la Iglesia (las iglesias) preparada para dejar que los hombres y mujeres de esta generación vean a Jesús? ¿Se ha hecho ella suficientemente transparente por el baño del agua y de la Palabra, para que a su través la humanidad perciba al Cristo a quien sospecha en sus mejores sueños?
Para esta misión de transparencia evangélica y evangelizadora sirve un tiempo como este en el que nos encontramos, la Cuaresma, que nos prepara para vivir la Pascua, el momento en que Dios todo lo hace nuevo, desde la Cruz del Redentor, en la mañana florida de la Resurrección, abandonada la tumba y depuesta toda desesperanza. Pero primero la Cruz, el dolor de hacerse traslúcido para que nuestros hermanos y hermanas puedan ver a Jesús a través de ese cristal, nuestra vida.
Primero, la Cruz: “Cuando yo sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”. Luego, la luz de la victoria: “Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera”. Y Él lo será todo en todos. Porque lo hemos escuchado “todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, oráculo del Señor; porque perdonaré la maldad de ellos y no me acordaré más de su pecado”. Porque Él perdona, le conoceremos. Y esta será nuestra grandeza, que nos hará dioses por participación. “Una palabra tuya bastará para sanarme”.
Saludos cordiales
Vàticinus

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados