Dan ganas de hacer como Jesús, limpiar de mercaderes del lugar con un buen azote de cordeles. Esta medida ahorraría mucho dolor y mucho sufrimiento, tal vez vano. Tal vez. Con un buen azote y brazo enérgico se podrían volcar las mesas de los cambistas que cambian la fe de la gente por su falsa moneda, zafios razonamientos que matan el Evangelio y roban al alma toda su ilusión por seguir al Señor de cerca, más de cerca. Estos mercaderes de hoy, mucho más nocivos que los del templo de Jerusalén en tiempos de Cristo, han conseguido, efectivamente, convertir la casa del Padre en al incómodo para algunos, para ellos no, donde el espíritu se alquila por unas monedas, espejismo de eternidad. A veces dan ganas de hacer como Jesús; pero no es cuestión de ganas, sino de seguirle: su seguimiento nos invita, hoy también, a buscar cordeles, ya, para confeccionar el azote con que purificar el templo del Señor. La Cuaresma es combate para depurar.
Un puesto que es preciso volcar es el que ha pervertido, de comunión fraternal en nido de burócratas. Están los cuervos negros al quite, a ver dónde surge un atisbo de disidencia, un perfume de Evangelio, para emporcarlo con sus minucias, para que en vez de aromar.... hieda, como sus almas, a rancio, a uniformidad, a muerte. Muy fuertes han de ser los cordeles para expulsar la perversidad burócrata: de Espíritu Santo y fuego.
Cordeles de fe para desterrar lo que ellos viven, que no es fe sino un fantasma, ese amasijo de imágenes muertas, carroña cuyo único sentido es controlar al Pueblo de Dios, impedirle respirar la fe verdadera, nacida de Evangelio y no de sus consignas destructivas. En este mundo hay fe, pero se encuentra tan soterrada por la ambiciosa voluntad de dominio, que no se deja ver. Seamos imitadores de Cristo, purificando su templo.
Con el azote de la oración nacida de un corazón sinceramente creyente exorcizaremos la tibieza de unos dirigentes que fueron llamados por Dios para ser pastores de su grey, pero se han quedado en señores feudales, que pretenden poseer las vidas y haciendas de quienes son sus hermanos, a quienes ellos consideran súbditos.
El látigo de la ilusión por Jesucristo hará huir espantados a quienes consideran al Hijo de Dios poco más que una imagen de cierto respeto y decoro, no una Persona. Sus espaldas han de experimentar los latigazos de la emoción por las cosas de Dios, del sueño evangélico, que es tan posible cuanto lo sueñe nuestro corazón cristiano.
Los zurriagazos de la caridad han de aplicarse a aquellos –mercaderes y cambistas de lo santo- que dicen defender a la Iglesia, pero sólo defienden sus intereses de poder e influencia en las sociedades. Enseñanza religiosa tamizada por las ambiciones de ellos, artistas de la impostación más descarada de las voces de Dios.
Golpes de amor para quienes expulsan de su seno a los que no piensan, o sienten, o aman como ellos. Amor contra el silencio culpable. Amor que es luz, subversión, outing; amor que es el núcleo de la verdadera espiritualidad.
Jesucristo, con su ejemplo, invita a sus discípulos a purificar su templo, a hacer limpieza a fondo. Qué más da que haya que arramblar y tirar a la basura aspectos que considerábamos importantes: lo único esencial es Cristo, Evangelio para el mundo. Esta es la verdadera tradición, parádosis de la fe recibida. No lo que a veces se defiende como tal: un cúmulo de cosas oscuras super contaminadas de ese descerebrado fascismo que conocemos. Hay que purificar.......
Esto suena escandaloso, pero Cristo es escándalo para unos y necedad para otros. Para nosotros, que creemos en Él, es fuerza de Dios y sabiduría de Dios, el único que tiene palabras de vida eterna. Bendita sea Dios, bendito su santo nombre. Pero si Cristo ha sido expulsado por los mercaderes de la religión, ¿elegimos otra casa para habitar con Él?