La Iglesia latinoamericana ha encontrado recientemente resistencias a la opción por los pobres por parte de las iglesias hermanas del primwe mundo y, sobre todo por el Vaticano, muy temeroso de una radicalización y acercamiento al marxismo.
Grandes figuras eclesiales, como los Obispos Oscar Romero, Helder Cámara o nuestro amigo lector y colaborador de Vàticinus, Pedro Casaldáliga, fueron en buena parte silenciados, marginados, desautorizos y conminados a callar por las instancias centrales de la Iglesia y mucho más por los respectivos nuncios en sus países.
El postconcilio, el miedo a una politización en la Iglesia en favor de los pobres ha jugado un papel decisivo en poner sordina al movimiento conciliar de obispos de la Iglesia de los Pobres (así con mayúsculas), como también a las corrientes en favor de una Iglesia Popular y cercana al hombre o a la mujer de la calle.
Aunque la caida del marxismo a partir de 1989 ha creado un contexto nuevo, se mantiene una política de nombramientos eclesiales que arosiona al sector más social del episcopado. No es infrecuente que se nombre a personas conservadoras y con poco sentido social para suceder a obispos que han destacado en la lucha por una Iglesia d elos Pobres, como ha sucedido frecuentemente en Brasil. La acción social en favor de los pobres es parte de la doctrina católica, en cambio cuesta más trabajo asumir el protagonismo eclesiológico de los pobres.
La nueva eclesiología del Vaticano II asume muchos elementos de la tradición, pero les da un nuevo sentido. Históricamente esta eclesilogía de comunión basada en el Pueblo de Dios y en la pluralidad de Iglesias está más cercana del primer milenio y de la época patristica que de la Contrarreforma. Es un nuevo paradigma teológico y la discusión conciliar tuvo mucho que ver con una confrontación enrre tridentinos y patrísticos (que de los primeros hay muchos solapados), entre los defensores de una eclesiología latina, en sentido estricto, y los que se abrian a planteamientos ortodoxos y protestantes, que resaltaban el papel determinante del Espíritu en la Iglesia y la importancia de la Comunidad. El problema postconciliar, a su vez, estribó en el mantenimiento de las estructuras Pre-Vaticano II en contraste con la apertura teológica de los documentos. Habóa tensión entre las muchas posibilidades y horizontes que posibilitaban las textos y la realidad fáctica de la estructura eclesial dominante tridentina.
Si se mantenía el dualismo entre la teoría conciliar y la realidad eclesial, que es lo que ocurrió posteriormente, acabarían leyéndose los textos desde una optica minimalista y reduccionista que les hiciera fácilmente integrable en la estructura preconciliar. El Vaticano II intentó evitar el positivismo eclesiológico reinante, que correspondía a la teología de la Iglesia como sociedad visible y como institución jerárquica sin más, y el triunfalismo de la Contrarreforma y del barroco. Luego el postconcilio, el problema sería una teoría alternativa d eun cristianismo primitivo ideal, que luego degeneró y se pervirtió, sobre todo desde Constantino.
Esta teoría, muy difundida por el Protestantismo, posibilitaba ver el Concilio como una simple ruptura con la tradición anterior a costa de minimizar las continuidades y el claro deseo del Vaticano II de avanzar sin negar.
La nueva teología de la Iglesia, sin embargo abría inevitablemente una etapa de conflictos, ya que sustituía un dualismo entre la teoría teológica y la realidad eclesial. El gran problema postconciliar, todavía hoy, es asumir la conflictividad como una realidad teológica y eclesial. Y también, aprender a evaluar críticamente sin caer en maximalismos de mera continuidad, que niega las rupturas, o de revolución total, que lleva a rechazar todo lo anterior.
Saludos cordiales
Vàticinus