Jesús cura doblemente al leproso, pues limpia su dolencia física y, en el mismo acto, le rescata de su ostracismo social y religioso. Así actúa el Cristo de los evangelios, ofreciendo su liberación integral a aquel condenado por una enfermedad, la lepra, y por los hombres, que revistieron aquella dolencia con los terribles y abyectos caracteres del estigma. Jesús, al sanarlo, devuelve al ser humano su limpieza, la dignidad perdida y la estima social de sus conciudadanos. Del mismo modo, al tocar al considerado legal y ritualmente impuro, el maestro nazareno contrae, por ley, la misma impureza: era el riesgo –asumido, es más, abrazado- de su compasión eficaz al servicio de los enfermos y marginados.
Jesucristo, por amor, consintió en hacerse un maldito más.
“Sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron” (Is 53, 2-5).
De la contemplación de este Cristo maldito por bendecirnos nace la misión de la Iglesia. Al estilo de su Señor, ella es llamada a perpetuar en el seno de la familia humana este admirable misterio de redención; mas no sólo en el fondo, sino en las formas, las mismas de su maestro, consintiendo, como Él, en ser considerada maldita, también, por amor. Cada cristiano ha de saber que, más tarde o más temprano, su seguimiento de Cristo le llevará al mismo destino de Cristo: ser maldito por amor al él, pues Dios quiere amar en él a todos los desamados de la tierra, y bendecir en cada cristiano a todos los maldecidos. Es el sentido de la cruz en la vida del discípulo: no un accidente, no un quizá, sino un horizonte hacia el que caminamos. Es el misterio inefable que celebramos guiados por la Palabra: ese amor llamado compasión, que hace a Jesús curar y reintegrar a la ciudad. Nos preguntamos cuáles son hoy las lepras que el Ungido de Dios nos invita a curar, cuáles los leprosos que es preciso liberar, cuáles las dignidades a restituir.
¿Por qué Jesús tocó al leproso, habiéndole podido curar con su sola palabra, con su sola voluntad de curarlo? ¿Por qué el Padre Damián de Molokai se hizo leproso? ¿Por qué San Romero de América se “complicó” la vida, compartiendo de cerca la de los desterrados por los poderosos de El Salvador? ¿Por qué el hermano Roger de Taizé fue acuchillado en su Iglesia de la Reconciliación? ¿Por qué Jon Sobrino, o Ignacio Ellacuría, y compañeros mártires, tocaron la carne de los pobres? ¿Por qué Santa Ángela de la Cruz lavó y besó heridas? ¿Por qué Madre Teresa en Calcuta? Seguramente porque comprendieron, ellos y otros muchos y muchas, desde el misterio en flor del ejemplo de Cristo, lo que resumió en una breve frase San Gregorio de Nacianzo: quod non est assumptum, non est sanatum, no se salva lo que no se asume. Antes lo dijo el Señor, con otras palabras: el que quiera conservar su vida, la perderá, pero el que la pierda por mí, la salvará (Mt 16, 25).
La Iglesia, para ser de Jesús, ha de liberar como Él, y a la manera de su Maestro, no de otro modo. Si quiere ser la de Cristo. Por el contrario, en ocasiones, por el pecado de los hombres y mujeres que la integran (ella es en sí misma santa), a veces nos encontramos con el desolador panorama contrario. La Iglesia de la estigmatización, del anatema, frente a Iglesia de Jesús. Han olvidado el núcleo: ser discípulos. Discípulos malditos por amor a a él. Se convirtieron en uniformidad de bienpensantes, que piden la cabeza de quienes piensan (y escriben) diferente; ellos, hipócritas que claman contra la caricaturización del mismo Mahoma del que se ríen en la intimidad, y caricaturizan y denigran a sus hermanos y hermanas. Necesitas convertirte, amada iglesia; necesitamos convertirnos todos. Para amar sin temor. Para bendecir, en vez de maldecir.
“Señor, no soy digno de que entres en mi casa; pero una palabra tuya bastará para sanarme”. Así sea.

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