No se ha podido impedir que los obispos empezaran a aparecer cada día más como meros subordinados con respecto al papa y a las congregaciones romanas.
Pio XII, por ejemplo, afirmaba solemnemente en "Mystici corporis", la dignidad d elos obispos como sucesores de los apóstoles y su presencia en las iglesias locales. Sin embargo, no reconocía la corresponsabilidad d elos obispos en el gobierno de la Iglesia Universal.
Y en lo concerniente al gobierno de la diócesis, manifestaba que los obispos recibían su autoridad "directamente del papa", esto es, por medio de nombramientos y no en virtud de la consagración episcopal, al Espíritu Santo se le apartaba de un manotazo. Así se reforzaba la dependencia de cada obispo en su relación con el papa.
El Vaticano II, recuperaría la colegialidad entre el papa y los obispos y de éstos entre sí y con el papa, dando por superada la escisión entre el poder de orden y el poder de jurisdicción: "E·ste santo Sínodo enseña, (declaran los padres conciliares) que con la consagración episcopal se confiere la plenitud del sacramento del orden...La consagración episcopal junto con el oficio de santificar, confiere también los de enseñar y regir, los cuales, sin embargo, por su naturaleza no pueden ejercitarse sino en comunión jerarquica con la cabeza y miembros del colegio (LG 21). el sucesor de Pedro es "el principio y fundamento perpetuo visible de unidad, así d elos obispos, como de la multitud de fieles" (LG23).
Pero estos avances no fue uan innovación pues ya se decía en la eclesiología del Vaticano I. Sólo queda someterse a la autoridad y a los dictados del obispo de Roma en todos los asuntos, incluso en aquellos en los que, sin tocar cuestiones relativas a la fe, lo que está en juego es simplemente, un juicio de prudencia pastoral.
Es normal que los obispos al quedar vinculados con la enseñanza del papa, estén invitados a asociarse con esta doctrina y difundirla, aunque no la compartan.
Así algunos prelados se ven cogidos por una doble finalidad: la que deben a la verdad que exigiria una gran libertad y la que deben al papa, cabeza del cuerpo del que son miembros y que exige una actitud de solidaridad. En algunas ocasiones, ciertamente excepcionales, hay obispos en desacuerdo explicito con una enseñanza pontificia, presentada como enseñanza de la Iglesia, pero infalible. Cuando ello sucede ¿es legitimo que este prelado exprese publicamente sus divergencias? La publicación de tal parecer ¿Presentaría un servicio a la Iglesia?.
Como criterio general hay que sostener que la voluntad de buscar la verdad por parte de los obispos tiene prioridad sobre la preocupación por la unidad,a excepción de las verdades esenciales para la fe. En primer lugar, porque se trata de doctrinas que no son esenciales para la fe cristiana. Y en segundo lugar, porque los obispos tienen la obligación de enseñar de manera responsable lo que significa que están investidos del derecho correlativo a tener opiniones personales inspiradas en la fe cristiana.
Un comportamiento de este estilo se ha podido ver en el pronunciamiento de la curia romana negando la comunión a los políticos católicos que defienden públicamente el aborto, y en el matizado posicionamiento de los obispos norteamericanos sobre la competencia de cada uno de ellos a la hora de evaluar y aplicar semejantes medidas. Denunciada esta actitud por el semanario "L´espresso", como contraria a los principios expresados por el cardenal Ratzinger, fue necesaria una carta del prefecto de la congregación para la doctrina de la fe al cardenal McCarrik para clarificar el equívoco: la medida de los obispos norteamericanos esta" en grandísima armonía con los principios generales enviados con anterioridad por la congregación".
No es bueno ni para la Iglesia, ni para los obispos callar las divergencias. Y menos aún, que no las expresen nunca, haciendo de este silencio una regla de comportamiento. Sólo la liobre expresión de las opiniones episcopales impedirá que el magisterio de la Iglesia se encierre en una falsa unanimidad con el riesgo de acabar pervirtiendo la vida y el pensamiento en la Iglesia. La libertad de los obispos es un elemento clave de la libertad de la Iglesia.
En el postconcilio no se acaba de encontrar una fórmula idónea que permita articular el cuidado por la unidad y la búsqueda de la verdad tanto en el seno del cuerpo de los obispos como entre el colegio episcopal y el primado de Pedro, tratando de eludir dos concepciones y praxis erróneas, desgraciadamente bastante comunes.
Saludos cordiales
Vàticinus