RETORNAR A LA FE
No te asombres de que te haya dicho: Teneis que nacer de nuevo" (Jn3,7)
Nuestros países de vieja cristiandad han conocido tiempos de grandes transformaciones políticas y más que van a conocer, y de intensa creatividad en el campo de la filosofia y de la ciencia que han provocado la aparición de movimientos de emancipación religiosa y hasta de liberación de la propia fe cristiana. Esta tendencia sigue activamente presente en lo profundo de nuestra sociedad. Incluso se ha intensificado considerablemente desde hace unos cuarenta años, al punto de que los sociólogos ven en ello una verdadera deconstrucción de lo religioso o, al menos, de un cierto orden religioso ya caduco.
Pero hoy, en este contexto, aparece un fenómeno nuevo, quizá particularmente significativo. Nos referimos a aquellos personas que en todas partes, y cada vez en mayor número, reemprenden, después de haberlo abandonado, un camino de retorno a la fe.
Lo común a estas personas, a pesar de su diversidad es que retornar a la fe no significa en absoluto dar marcha atrás. Para ellas no se trata de retomar el proceso religioso en el punto donde lo habían dejado después de un tiempo de andar de aquí para allá. Para los que retornan, se trata más bien, d eir hacia adelante, de asumir toda su historia, con todo lo que ésta conlleva de experiencias, de alegrías y tristezas, convicciones, dudas, para volver a creer, pero de otra manera, desde otras bases, con una frecura, una inteligencia y una libertad nuevas. Por eso, si quieren volver a creer, es sobre todo con el deseo de comprender. Comprender, su propia historia, releerla, volver a hacerla de alguna manera para volver a tomar la iniciativa y tal vez, reorientarla. Comprender también la fe, reflexionar sobre el mod en que vivieron anteriormente y sobre los motivos que les condujerona alejarse de ella. Pero buscar las razones para poder acercase de nuevo a la fe..
La mayor parte del tiempo, del proceso d elos que retornan a la fe es duro. pero a la vez suave.
Duro porque a menudo el motivo por el que se ha cuestionado la fe ha sido algún acontecimiento importante: una prueba, una enfermedad, una muerte, una separación, un traslado, un ncambio de situación profesional, un encuentro amoroso, un nacimiento, etc. Acontecimintos que afectan a la identidad personal más profunda.
¿quien soy yo?
¿Qué quiero ser para mí mismo, de cara a los demás, de cara a mi propia muerte?
¿Hay algo d elo que tenga que dar gracias y que me anime a vivir?
¿Qué herencia voy a dejar a mis hijos?
¿Qué raices, que tradición, qué pertenencia puedo ofrecerles?
¿Qué convicciones tengo de las que puedo serles de testimonio?
Duro por tanto. Pero también suave. Los que retornan manifiestan una gran serenidad en su búsqueda. Avanzan por los nuevos caminos dela fe con determinación, serenamente, sin nada que perder, sin apresurarse, a su ritmo, en un ámbito de fundamental gratuidad, en el que d elo que se trata es de acceder a una mayor profundidad, verdad y calidad de vida. Su experiencia es el sentimiento d eun Evangelio muy cargado de sentido, pero al mismo tiempo fácil y suave de ellevar.
Los que retornan a la fe son, de alguna manera, una parábola de lo que está a punto de ocurrir en nuestra sociedad.
En cuanto a la Iglesia, lo que puede aprender de los que retornan es HUMILDAD. Un nuevo creyente o alguien que retorna a la fe será siempre una sorpresa para ella. y es que la adhesión d euna persona al Evangelio nunca es objeto de conquista ni algo que se consiga a la fuerza. El punto mismo de la fe renace no está en el poder de nadie. Por otra parte el mismo Evangelio habla de semillas y granos que crecen sin que nadie sepa cómo. No se requiere, pues, ninguna evangelización llamativa o conquistadora. La actitud justa de la Iglesia consiste en ponerse al servicio. al servicio de la memoria, poniendo a disposición de todos las riquezas de su tradición; al servicio de la inteligencia mediante el diálogo crítico y de buena voluntad, en el que unos y otros intercambian sus convicciones, sus dudas y sus deseos, volviendo, de esta manera, a poner en juego su propia historia; al servicio, finalmente, de la libertad indivisible, de la libertad de expresión, de pensamiento y de género. No se precisa nada más. Nuestros contemporáneos serán muy capaces de discernir por sí mismos qué es lo que les hace vivir en libertad.
Saludos cordiales
Vàticinus
