Es una cosa bien sabida que los predicadores eclesiásticos, si tienen querencias de izquierda, suelen arremeter en sus sermones contra los muchos peligros que entrañan las riquezas, el amor al dinero, cualquier afán de lucro y no digamos si lo que se trata de fustigar la avaricia, la usura o simplemente las ganancias desmedidas, pero esto es cierto, algunos se pasan y se les va la lengua demasiado.
Por no hablar d elo mucho que se ha dicho y se ha escrito contra el capitalismo, desde el más mitigado hasta el más salvaje, incluso algunos curas se han soltado la lengua pidiendo que a los ricos los "cuelguen" y a esto no hay que llegar.
Todo esto si se piensa despacio, pronto se da uno cuenta de que es una cosa no sólo biuen sabida, sino además y al mismo tiempo, igualmente bien curiosa.
¿Por qué? Muy sencillos: los clérigos, a veces los mismos clérigos, que fustigan el afán por el dinero y condenan el capital, suelen tener fama, según dicen las malas lenguas, de ser gente que, no raras veces, cuando ven un euro, parecen que ven a un pariente. De ahí los dichos populares: "éste es más interesado que la gente de la Iglesia", o también cuando uno es muy pedigüeño, hay quienes dicen con sorna: "a éste parece que le hizo la boca un fraile". Al menos, antiguamente se decían cosas de ese tipo. Ahora, que la vida ha cambiado tanto, se critica a los obispos por sus acuerdos con el Estado, a veces, por asuntos poco claros (o abiertamente oscuros), en cuestiones de bienes y finanzas de una Iglesia que luego denuncia las riquezas y el afán por el dinero. Como es lógico, ene ste asunto cualquiera advierte más de una contradicción. ¿Cómo se explica que que quien condena el dinero sea tan aficionado a él¿ ¿No indica esto, más que una contradicción moral, una confusión mental en un asunto que es de los más serios que hay en esta vida para el común de los mortales?
Saludos cordiales
Vàticinus