La historia de la Iglesia enseña que hay diferentes modos de vivir y pensar la fe cristiana, ni peor, ni mejor, sino diferente, porque cada persona es un ser diferente y cada época es diferente.
El cristianismo de la ley, es el que aprendieron nuestros abuelos y antes que ellos, muchas generaciones anteriores.
Es el cristianismo del tripe “hay que” que acompasaba los pequeños catecismos clásicos; las verdades que hay que creer, los mandamientos que hay que cumplir, los sacramentos que hay que recibir. Toda la vida cristiana aparecía así, como un orden que había que observar, como un imperio al que había que hacer el honor, un acuerdo que había que respetar, en definitiva, como una obediencia a Dios y a la Iglesia.
Este cristianismo ha educado la conciencia a muchas generaciones. Muchos encontraron en él una guía y lo reconocieron no sólo como un deber, sino como un ídeal de vida que intentaron cumplir con fidelidad y hay que reconocerlo con suficiente amor y libertad como para ser felices con ello.
Pero, todos sabemos ya, que ese cristianismo de observancia ha engendrado igualmente muchas conciencias desgraciadas, obsesionadas, a pesar de la Buena Noticia del Evangelio, por la imagen de un Dios Juez, por el pecado y por el miedo al infierno.
Aunque este cristianismo de la ley ya no nos domina, sigue estando vivo entre nosotros y que lo llevamos como herencia y que determinadas circunstancias, puede volver con fuerza a la superficie.
Subrayemos también que esta imagen está igualmente presente en la memoria profunda de aquellos mismos que se alejaron de ella para poder vivir, ya que lo que habían experimentado era cada vez más sofocante, en vez de liberador. Estas personas en su mismo alejamiento, guardan del cristianismo antiguo un amargo recuerdo del que no pueden deshacerse. Hoy en día, para nuestros contemporáneos, los que hemos evolucionado con los tiempos y sobre todo para los jóvenes, ese cristianismo de la ley no les parece apto para acercarse a él y tampoco tienen el deseo ni el gozo de ser cristianos, por eso la mayoría de los jóvenes no se acercan a las iglesias, porque el residuo que queda del cristianismo antiguo no es atrayente para ellos.
LA IGLESIA Y POR ENDE LOS PÁRROCOS Y COMUNIDADES PARROQUIALES TIENEN QUE CAMBIAR YA O LA FUTURA GENERACIÓN PASARÁ POR SUS PUERTAS SIN ENTRAR A VER QUE ERA AQUELLO.
Saludos cordiales
Vàticinus