Finaliza el tiempo de Navidad con este domingo del Bautismo del Señor. Jesús sale hacia el desierto para ser bautizado por Juan; allí, en el Jordán, Dios proclama a su Hijo. Este es un genuino matiz de la fe cristiana: regalo razonable que el hombre hace a Dios, comulgando de forma mística con este reconocimiento del Hijo, que tiene lugar en el corazón del Padre. Creer es decir, juntamente con la Voz celestial: Jesús es el Hijo, el amado, el predilecto. “Se abrió el cielo” y, desde entonces, ya no hay disociación con nuestro suelo; ha nacido la mandorla (almendra, simiente de divina y humana virtualidad), la nueva tierra transida de divinidad, por la santa comunicación entre el arriba y este abajo, las dos esferas antiguamente separadas. Es la nueva creación. Y vio Dios que todo era muy bueno. Todo, sin distinción. Todos los seres, sea cual fuere su procedencia, credo, orientación sexual o ideología.
El Padre nos regala a todos la filiación de su propio Hijo. Resulta sumamente contradictorio que una porción de la familia humana, la iglesia católica, rechace íntima y oficialmente a otra parcela de hijos de Dios: los cristianos y cristianas homosexuales que, en su legítima diferencia, son semilla del Padre tanto como la hipotética mayoría heterosexual. La jerarquía católica de hoy está traicionando sistemáticamente el mensaje de su Maestro Jesucristo al excluir a los gays del ministerio ordenado. Evidentemente, la iglesia tendrá que decidir en cada época histórica las condiciones de los candidatos al presbiterado y el episcopado; pero este discernimiento atañe a toda la iglesia, no única y exclusivamente a la minoría jerárquica; y ha de hacerse con el Evangelio por delante, según este sagrado criterio, y bajo ningún concepto podrá ser la palabra de Cristo sustituida por los prejuicios, como desgraciadamente viene ocurriendo.
Celebrar hoy la fiesta del Bautismo del Señor es constatar, desde el dolor creyente que brota de la recta conciencia de pecado, que la jerarquía católica está malversando los talentos de su Señor, en lo que se refiere a las personas homosexuales. “Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea” (Hech 10, 35). Nación, credo, orientación afectiva: la que sea.
Jesús da comienzo a su ministerio público e inaugura un estilo de vida, el cristianismo, que será vivido con el color del Siervo y no del Emperador; existencia marcada por el espíritu de justicia –de ella nace la paz- y la mansedumbre de quien se sabe servidor y no amo. Los rasgos de esta fraternidad-iglesia del servicio los graba el profeta Isaías con el buril del Espíritu:
* Una iglesia invitada por Dios a deponer todo triunfalismo y prepotencia, así como sus veleidades nacionalcatólicas: “No gritará, no clamará, no voceará por las calles” (Is 42, 2).
* Comunidad fraterna donde se tiene en cuenta la débil fe de quien está siendo zamarreado por las circunstancias de la vida, de quien se halla, quizás, a punto de perder esa fe: “La caña cascada no la quebrará, el pabilo vacilante no lo apagará” (v. 3). Una iglesia, pues, ámbito de acogida y esperanza para todos, en la que un atisbo de fe, esperanza y amor es tenido en consideración. En esto que ahora llaman iglesia, ¿alguien tiene en cuenta la fe de los y las gay? A la hora de la equis…
* Ánimo y voluntad inquebrantables en la efectiva lucha por la justicia: “Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará hasta implantar el derecho en la tierra” (v. 4).
* La iglesia verdadera de Dios tiene conciencia de que Él la ha encaminado para ser alianza y luz de los pueblos (v. 6); instrumento de salvación, no de condenación.
* Será una comunidad liberadora, en vez de carcelera. “Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan en las tinieblas” (v.7)
Para esto, Dios toma de la mano a la iglesia y la dirige hacia el camino que ha de compartir con todos los hombres y mujeres, sean de la nación, orientación, credo o color que sean. Sólo así podrá ser la iglesia de Jesucristo. “Cristo sí, iglesia no”, decían en aquellos años sesenta y setenta. No comparto esto, pues la fe en Cristo es para ser vivida en fraternidad. Cristo sí, iglesia también, pero ¿este engendro? No. La santa iglesia es más grande que tú, que yo, que esos obispos y Papa de opereta y juicio sumarísimo. Ser iglesia no significa necesariamente estar con ellos; más bien, en los tiempos que corren, todo lo contrario. Celebramos el Bautismo de Cristo: sucedió en el desierto, y desde entonces muchas cosas importantes han de experimentar antes la travesía del desierto, salir de la ciudad, de esta iglesia, para llegar a aquella en que el Señor nos aguarda. Acerquémonos hoy a la comunión con el Cuerpo y la Sangre del Señor, que nos fortalece para la resistencia.
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